La espiral de deuda de Estados Unidos: por qué los élites políticas ya no pueden dar marcha atrás

Hasta hoy, la crisis que enfrenta Estados Unidos ya no es un simple problema económico, sino un callejón sin salida causado por una alianza sistémica entre política y capital. La cadena lógica detrás de esto está estrechamente vinculada, y finalmente apunta a una cruel realidad: en la actualidad, Estados Unidos ya no cuenta con líderes fuertes como Roosevelt, que se atrevieran a desafiar a los capitalistas.

La crisis del país detrás de los números

El gobierno de Estados Unidos lleva mucho tiempo atrapado en un ciclo de déficit. La deuda nacional ha superado los 34 billones de dólares, una cifra que crece cada año. Lo más doloroso es que los intereses ya se han convertido en el gasto individual más grande del gobierno federal, incluso superando el gasto militar. El dinero se gasta cada vez más rápido, pero los ingresos fiscales crecen con poca fuerza.

Las respuestas del gobierno ante esta situación son básicamente tres: reducir gastos, aumentar impuestos o seguir endeudándose. Pero las dos primeras opciones ya están bloqueadas: la clase adinerada ha convertido sus propiedades en una “zona prohibida” mediante cabildeo político, y los beneficios para las clases bajas son los más fáciles de recortar.

Por lo tanto, la tercera opción se ha convertido en la única. El gobierno mantiene en funcionamiento su economía mediante una deuda creciente, respaldada por la emisión constante de dinero por parte de la Reserva Federal. Aunque se gasten más dólares, la deuda sigue en aumento, la inflación se intensifica y el poder adquisitivo de la gente común continúa disminuyendo.

La política bajo el yugo del capital

La raíz de todo esto, en definitiva, son seis palabras: el dinero secuestra la política.

Los políticos en Estados Unidos necesitan enormes fondos para sus campañas, que provienen de las principales instituciones financieras de Wall Street y de multimillonarios. Una vez en el poder, los políticos se convierten en agentes de los financiadores. Cada vez que el Congreso propone subir los impuestos a los ricos o fortalecer la regulación financiera, los grupos de cabildeo se movilizan rápidamente para bloquear esas propuestas en las comisiones.

Este ciclo ha durado décadas, y todo el ecosistema político ha sido profundamente corrompido por el capital. Aunque los dos partidos parecen estar en desacuerdo, en realidad sirven a diferentes grupos de capital. Cuando el Partido Demócrata llega al poder, los pobres no reciben ayuda real; cuando gobierna el Partido Republicano, la situación tampoco mejora. Lo único que permanece constante es que la tasa impositiva de los ricos se mantiene en mínimos históricos, mientras que los beneficios sociales se reducen una y otra vez.

El espectro del fantasma de Roosevelt

Mirando hacia atrás en la historia, la situación que enfrentó Roosevelt en su tiempo es muy similar a la actual: monopolios de gran capital, desigualdad extrema, agitación social. Pero Roosevelt tenía carácter. Implementó políticas progresistas, creó un sistema de seguridad social, utilizó impuestos progresivos para reducir la brecha entre ricos y pobres, y tomó medidas firmes para controlar la expansión desordenada del capital. En ese entonces, el gobierno estadounidense aún tenía autoridad y podía contener a los oligarcas financieros.

¿Y ahora? La política ya no puede encontrar líderes así. Los políticos contemporáneos solo piensan en la reelección, en conseguir financiamiento y en complacer a los financiadores. Nadie se atreve a desafiar realmente a los ricos. La reforma fiscal se ha convertido en un eslogan eterno, y los impuestos sobre las ganancias de capital permanecen en discusión, mientras que las políticas de redistribución están muy lejos de implementarse.

El efecto bola de nieve de la crisis sistémica

Las consecuencias de este estancamiento político son sistémicas. La deuda aumenta cada vez más, y el gobierno necesita más dinero para llenar los agujeros. Cuanto más dinero se gasta, más se diluye el poder adquisitivo del dólar, y la confianza en su papel como moneda de reserva mundial se tambalea. Si el mercado empieza a dudar de que el gobierno estadounidense pueda pagar su deuda y de que pueda mejorar sus finanzas mediante impuestos, la credibilidad del dólar enfrentará una crisis real.

Una amenaza aún más profunda es la intensificación de las tensiones sociales. Por un lado, los élites de Wall Street celebran en islas privadas los máximos del mercado bursátil; por otro, las clases populares luchan por sobrevivir. La brecha entre ricos y pobres se amplía, y la cohesión social se debilita. Cuando esta tensión supera un punto crítico, ni la policía ni el ejército podrán contenerla. La historia ha demostrado una y otra vez que, cuando la riqueza se concentra en unos pocos y la mayoría vive en dificultades, la agitación social es inevitable.

Un sistema que no puede autocomponerse

Lo más desesperanzador es que Estados Unidos ha perdido la capacidad de autorregulación. La base económica ha sido completamente corroída por el capital, y la estructura superior está tambaleándose. Para revitalizar el país, primero hay que resolver el caos interno: hacer que las riquezas atrapadas en mansiones y cuentas offshore fluyan, y que las clases con grandes patrimonios asuman su responsabilidad social.

Pero bajo el sistema actual, esto es casi imposible. No hay líderes del nivel de Roosevelt dispuestos a resistir la contraofensiva de los oligarcas financieros, ni políticos que se atrevan a arriesgar su apoyo de los financiadores para impulsar reformas reales.

Por eso, el futuro de Estados Unidos probablemente se irá deteriorando lentamente en medio de esta impotencia. La rabia de los pobres se acumula en las calles, las riquezas de los ricos permanecen en cuentas offshore, y el gobierno, atrapado en la crisis de deuda, lucha por mantenerse a flote. El dinero no se gasta, las reformas no avanzan, la credibilidad se desgasta y la confianza se desmorona.

Esta es la imagen más real de Estados Unidos en la actualidad.

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