La intimidad entre las personas no depende del tiempo que pasen juntas ni de la apariencia de alegría superficial, sino que es moldeada por dos fuerzas: una es la experiencia en la "zona profunda", y la otra es la "conexión cotidiana". Por un lado, la verdadera cercanía suele ocurrir en momentos menos dignos, cuando te derrumbas frente a la otra persona, expones tu vulnerabilidad y eres recibido; cuando experimentan conflictos reales, expresan insatisfacciones sin irse; incluso en las dificultades de la vida, se apoyan mutuamente sin culparse, y todo esto hace que la relación tenga mayor capacidad de soportar. Por otro lado, la intimidad también requiere estabilidad y suavidad día tras día, respuestas constantes, atención minuciosa, una convivencia relajada y natural, y la capacidad de sentirse cómodo y aburrido frente al otro sin sentirse incómodo. Estos detalles aparentemente simples permiten que la relación crezca lentamente y perdure. La verdadera intimidad no solo se basa en compartir dificultades, ni en acumular momentos felices, sino en que, después de experimentar lo real y lo imperfecto, aún puedan mantenerse cercanos en lo cotidiano y elegirse mutuamente.

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